Quién soy

Bienvenidos queridos lectores. Si están aquí y se quedan, es porque están interesados en leer mis letras. ¡Gracias por eso! Mi nombre es María Luján Gallo y mi pasión es escribir y leer mucho. Este blog funciona como un anexo de mi sitio en wordpress, que pueden visitar para leer reseñas y opiniones sobre libros y otros artículos escritos por mí. Aquí voy subiendo mis producciones de ficción.

martes, 27 de septiembre de 2022

Benjamín

 -¡Oh mi pequeño Benjamín, mira qué bien luces! -exclama la madre cuando ve al niño salir de su habitación. Acomoda su nueva gorra azul y el niño sonríe con orgullo.

-¿Compraste cereales?

-Claro que sí mi bebé, los cereales que no podía comprarte antes están aquí. Mamá cobró el dinero que le debían y ahora estamos mejor. Vamos, come, necesitas estar fuerte.

La madre se dirige a la cocina y lava los platos de la noche anterior, porque estuvo con su hijo comiendo pizza mientras miraban una película de Disney. Piensa en que hasta hace poco tiempo, hacer algo así era un lujo, pero ahora el dinero regresó y Benjamín se ha curado y puede comer pizza, cereales, ver películas y llevar una gorra azul preciosa.

-¿Dónde está papá? 

La madre ve que a su derecha, Benjamín está parado con sus brazos cruzados y el ceño fruncido, mirándola en busca de respuestas.  Ella mira hacia la mesa, nota el pequeño no tomó su desayuno.

-Ya sabes, papá se fue. Vamos, come hijito.

-¿Por qué se fue? -pregunta Benjamín, caminando delante de ella hacia la mesa.

-Porque dice que estoy loca.

Benjamín se lleva sus manos a la boca, tapando su risita, y su madre ríe porque es un niño adorable y su rostro travieso es un regalo luego de verlo tan enfermo.

No importa que el hombre ya no esté en la casa, al contrario, eso es mejor. Puede ser feliz sola con Benjamín, sin aguantar el rostro amargado de su marido.

Benjamín da vueltas y al final no come sus cereales. La madre niega con la cabeza, se lleva el cuenco y lo deja en la cocina para lavarlo después.

-Se nos hace tarde para tomar el autobús. Ponte su bufanda, hoy está muy frío.

Ella se viste con su abrigo verde, el niño la imita poniéndose también su abrigo y se envuelve con una bufanda azul, a juego con su gorrita.

Salen a la calle, el día es soleado pero hay mucho viento. Caminan rápidamente, Benjamín aferrado a la mano de su madre va casi corriendo. Llegan hasta la parada del autobús justo a tiempo para no perderlo.

Allí toman el transporte, y cuando se sientan el niño susurra que quiere comer chocolate.

-Lo compraré cuando lleguemos, quédate quietito. Mira por la ventana, allí hay muchas vacas.

El niño sonríe ampliamente, saluda a los animales con su manito.

Cuando llegan al cementerio, bajan y Benjamín corre hacia el kiosco junto a la parada del autobús.

-Está bien hijo, te compraré tu chocolate.

-¡Que sea uno grande!

-No, será de los que te gustan pero de tamaño chico, porque no comiste tus cereales esta mañana. No quiero que te enfermes otra vez, ya sabes que cuesta mucho dinero curarse y pasas mucho tiempo en el hospital.

Un poco desilusionado, el niño asiente pero luego se aprieta contra su madre, pidiendo su dulce.

-Vas a comerlo luego. Ahora compremos las flores.

Van hasta el puesto de flores, la madre elige un ramo de claveles grandes y blancos.

Como hace mucho frío, en el cementerio solo andan unas pocas personas y Benjamín corre libre por el césped brillante. Cuando su madre lo llama, regresa agitado con su gorra azul en la mano.

-Mamá, ¿cuándo nos vamos?

-Espera cariño, recién llegamos.

Juntos caminan por una senda hasta un espacio lleno de tumbas grises y abandonadas. Se detienen en una que se destaca por su color azul y sus ositos de peluche que adornan la cruz de metal herrumbrado.

La madre se inclina, sonríe al ver la pequeña foto.

-Buenos días, Benjamín. Te traje tu chocolate favorito y estos claveles blancos. 


El ángel

 La tarde se descolgaba en agua cuando Di Catarina abrió su pulpería.

La cosa iba mala, y con ese clima, mucho peor. No había esperanzas de que con una noche así cayera algún cliente, salvo algún forastero perdido que buscara un refugio tibio para él y su caballo.

El río corría a un lado, salvaje como el malón, y si la lluvia no cesaba no tendría remilgos en salirse e invadirlo todo, robándose lo poco que quedaba del pequeño y humilde comercio.

Resignado, el hombre se volvió hacia las botellas, amigas confiables que atraían gente, y las contó. No quedaban tantas y eso era mala señal. Mandó a su mujer a que preparara comida, si no tenían mucho alcohol para ofrecer, al menos un buen plato de guiso haría las delicias de los clientes que aparecieran.

Escuchó el sonido del galope de un caballo en medio del estrépito de los truenos. Un paisano desconocido entró al negocio, chorreando lluvia sobre los ladrillos.

–Buenas tardes, amigo, ¿qué lo trae por acá? –saludó el pulpero, ya aprontando un vaso.

El hombre se quitó el sombrero y apoyó los codos en el mostrador.

–Una grapa. –pidió.

Di Catarina llenó el vaso y lo puso frente a la mano del hombre. Afuera la lluvia y el viento azotaban el campo, pero el silencio adentro era mucho más fuerte porque la humilde pulpería estaba casi vacía, sin los gritos o las guitarras que poblaban sus noches.

–¿Viene de lejos? –preguntó, tratando de sacar conversación.

–De muy lejos. –el paisano vació su vaso con rapidez e hizo una seña con los dedos para que le sirviera más.

–Aquí viene gente de todos lados. –intentó nuevamente el pulpero, llenando el vaso.

Pero el hombre sólo asintió, sin decir una palabra más, esta vez tomando lentamente su grapa.

Di Catarina se limitó a limpiar las botellas de los estantes, mirando de vez en cuando al hombre que, con los ojos fijos en la pared de enfrente, tomaba su bebida con pequeños sorbos. Era un desconocido morocho y alto, de barba negra tupida bajo una nariz grande y chistosa. El cabello largo seguía goteando sobre el poncho marrón y raído que todavía llevaba encima.

No se diferenciaba mucho de cualquier hombre de la Villa de Mercedes o de cualquier otra parte.

–¿Tiene algún lugar para quedarme? –preguntó el paisano de repente, asustando a Di Catarina y sacándolo de su observación.

–Sí, sí, hay dos piecitas. Mi mujer está haciendo un poco de comida, y también tenemos lugar para su caballo.

–¿Dónde?

–Venga, lo acompaño.

El hombre dejó el vaso sobre el mostrador, y juntos salieron. El viento casi vuela la gorra tejida que el pulpero llevaba, y agarrándola con ambas manos sobre su cabeza, le mostró al forastero una angosta vereda. El hombre desató a su caballo y caminó por allí hasta un pequeño establo situado en la parte trasera de la casa de Di Catarina.

–Déjelo ahí, va a estar calentito y mire, acá hay para darle. –Di Catarina levantó con las manos un poco de pasto seco que estaba junto a la puerta. El hombre no dijo nada, entró y comenzó a sacarle los aperos al caballo, dejándolos sobre el pasto. Cuando terminó, se despidió del animal dándole una palmada en el lomo.

El pulpero lo llevó hasta la puerta del negocio y entraron rápidamente, sacudiéndose la lluvia y el frío. Adentro ya había un farol prendido y un par de velas haciéndole frente al viento que se colaba por las rendijas.

–¡Ramona! ¿Ya está listo ese guiso? Acá hay un hombre que quiere comer.

–No hay prisa. –dijo el forastero levantando una mano y sentándose frente a una de las desvencijadas mesitas.

Ramona apareció con un plato en una mano y un pedazo de pan en la otra. El guiso no era tan contundente como en otros tiempos, el mal clima había arruinado la quinta de verduras y la carne casi no se conseguía. Aún así, el hombre comenzó a comerlo con voracidad hasta limpiar el plato. Ramona le sirvió otro poco.

–El señor quiere una de las piecitas, andá a acomodarlas.

Ramona se fue para el fondo y Di Catarina, mirando por una ventana al camino negro y pantanoso, guardó la botella de grapa resignándose a que este hombre fuera el único cliente de la noche.

–Disculpe. –oyó la voz del hombre detrás de él. Se giró, ya no estaba sentado frente a la mesita, sino que se apoyaba sobre el mostrador, y no lo miraba a los ojos–No traigo dinero para pagar. Pero puedo dejarle esto.

Apoyó sobre la madera agrietada y sucia un cuchillo brillante, con vaina y empuñadura de plata y pequeños puntos de oro.

–Es todo lo que tengo de valor. Gasté toda la plata en algunos imprevistos que tuve en el camino.

Di Catarina era un hombre honesto, y necesitaba dinero. Las cosas no iban nada bien, más con la lluvia que seguía y seguía y el río desbordándose, amenazando con llevarse todo, como tantas otras veces.

Pero no podía aprovecharse así. Con un cuchillo como ese, el hombre podía pagar un hotel en Buenos Aires, con comidas y cosas hermosas. El lugar que él le ofrecía no tenía ninguno de esos lujos.

–Mire, esto es demasiado cuchillo para tan poca pieza. La verdad es que solo tiene un catre con unos cueritos y unas mantas. Y usted vio cómo estaba ese guiso...

–Aun así se lo dejo.

–No, mire, déjelo en prenda. Lo tengo acá, y cuando usted junte la plata, viene y me paga, y yo le doy su cuchillo. Le prometo que va a seguir acá, yo no lo voy a vender.

El hombre asintió y estrechó la mano del pulpero. Di Catarina le mostró el pasillo hacia las piecitas, que Ramona había acomodado y barrido un poco. El hombre entró en la primera que encontró, saludó, y cerró la puerta.

A la mañana siguiente, el sol brillaba pero el Río Luján estaba desbordado, el agua y el barro corrían descaradamente por todas partes, arrastrando todo con fuerza.

Sólo la pulpería estaba a salvo. Como si fuera una pequeña isla, rodeada de agua, pero extrañamente a resguardo de ella, con sus pisos y muebles secos, con sus estantes repletos de botellas nuevas, con sus ollas llenas de guiso sabroso.

El pulpero, alarmado pero completamente feliz por lo que veía, despertó a su mujer para que viera la maravilla, y luego buscó al forastero.

Golpeó una y otra vez la puerta de la pieza, y al no recibir respuesta, abrió. No había nadie. Ramona revisó todo, pero no había rastros de ropa u otras cosas, ni siquiera parecía que alguien había dormido en el catre.

En el establo, el caballo comía apaciblemente.

Di Catarina caminó hacia el mostrador, el cuchillo todavía relucía sobre él. 


La mecedora



 Esta noche doy muchas vueltas en la cama. El extraño calor que llena la ciudad en estos días de invierno, desde hace ya casi una semana, me tiene agotado. De nada ha servido el láudano que le robé a Mrs. Jenkins. Esa mujer lo toma en poca cantidad y siempre le da resultado, tanto que puedo regresar a mi habitación alquilada a cualquier hora de la noche sin recibir sus quejas. Si bien imité a la anciana en la dosis que se prepara, no he logrado dormir nada. Y ahora, que ya está muy entrada la madrugada y siento el sopor de la somnolencia apoderándose demasiado tarde de mí, me siento frustrado porque al parecer lograré dormir pero muy poco y muy mal.

Sigo sacudiéndome el calor, molesto por las sábanas y la falta de aire pese a tener la ventana abierta de par en par. Unas imágenes proyectadas por mi cansada mente y quizás por el láudano aparecen frente a mis ojos, en forma de sueño.

—¿Hay alguien aquí?—pregunto, con la rara amabilidad de quien visita un lugar abandonado y tiene la certeza de que sólo algún murciélago o rata se cruzará delante de él.

Nadie responde, naturalmente, y suspiro aliviado. Mi mayor temor era encontrarme con algún mendigo, que en estos días de invierno suelen ocupar sitios como este. He sabido de algunos particularmente crueles, que encuentran diversión en torturar a quien se atreva a acercarse a sus espacios tomados.

Más de veinte años pasaron desde que pisé por última vez el bonito porche de la casa de Bianca. Veintitrés, para ser exactos. Lo recordaba más grande y amplio, pero a todo el mundo le sucede que, al regresar a un lugar que en la infancia se creía grande y espléndido, con los ojos de adulto se lo encuentra pequeño y ordinario. La casa de Bianca siempre me pareció una casona enorme, con su porche de maderas blancas con hamaca y su parque lleno de flores y frutales con la presencia impertérrita de José, el jardinero. La sala alfombrada era presidida por una araña de caireles que hasta me asustaba por su peso balanceándose sobre mi cabeza, y el resto de la casa de tres plantas estaba decorado con exquisito gusto, convirtiéndola en el hogar más elegante del vecindario.

Ahora poco queda en esta oscura ruina. Los ventanales otrora brillantes están tapiados, a los pisos que con tanta paciencia enceraban María y Filomena les faltan unas cuantas maderas, y de la araña de caireles no hay ni rastro.

El aire viciado de polvo y humedad me hace estornudar, y seco mi nariz con el pañuelo que Elisa bordó para mí. Siento el peso de la libreta en el mismo bolsillo y la saco, aunque poco puedo anotar. No me muevo de la sala, no necesito hacerlo para saber que la casa está destruida completamente. Saco la pluma y me acomodo bajo un haz de luz que atraviesa los dos pisos superiores y llega hasta mí gracias a varios agujeros del techo. Comienzo a escribir: en "estado general" debo ser sincero y decir que esta casa es inhabitable. En "pintura", "mampostería", "jardines", "aberturas", no me queda más remedio que poner algo parecido.

La casa deberá ser demolida, no hay nada que se pueda hacer con ella. Imagino la cara de mi jefe y la del hombre que está interesado en comprarla al ver mi informe, ya que desde el exterior es evidente que la mansión está abandonada, pero aún conserva algo de su vieja prestancia que les hace imaginar a muchos que por dentro está igual y que sólo requerirá refacciones.

Una vez completado el informe, guardo los elementos en mis bolsillos y me dispongo a salir. Afuera está el carruaje esperándome, debo ir a la inmobiliaria, entregar esta libreta, y mi día de trabajo estará terminado y libre para ver a Elisa.

Me dispongo a empujar la pesada puerta de entrada, cuando algo me detiene. De niño adoraba esta casa por completo, pero su escalera amplia y alfombrada desde la que bajaba montado en la baranda era mi gran pasión. Bianca reía sin parar pese a que, para las sirvientas, yo era un salvaje que maleducaba a la niña.

Camino hacia dentro, no necesito guía porque sé muy bien dónde está cada dependencia y adónde lleva cada pasillo: a la izquierda, la biblioteca, a la derecha, el despacho, más adelante, el comedor, y atrás, la cocina. En el medio, entre la sala y el comedor, está la escalera. Me detengo para contemplarla. Faltan escalones, faltan barrotes en la baranda, cuelgan telarañas, la alfombra roja hoy sólo es un conjunto de jirones deshilachados y sucios.

El tiempo me ha convertido en un tipo algo duro y envejecido como a esta escalera. Estudié, mucho, pero mi humilde condición nunca permitió que llegara más lejos que a un puesto de empleado en una inmobiliaria de baja categoría. A Elisa no le importa, pero a su padre sí. Esa injusticia me indigna y me rebela, me convertido en un ser insensible y hasta frío con algunas cuestiones, pero ver esta escalera, este pedazo de niñez, no hace más que llenarme los ojos de lágrimas y la garganta de nudos.

Otra vez siento esa sensación de que es mucho más pequeña de lo que recordaba, de que se ha encogido con el tiempo. A mis nueve años, esta escalera era para mí como una montaña que yo bajaba con valentía.

Doy media vuelta, dispuesto a irme y dejar este lugar que despierta en mí cosas que creía dormidas para siempre, pero veo otro recuerdo de mi vida de niño. La pequeña mecedora de Bianca, "la mecedora blanca de Bianca" me contentaba con repetir, y ella se molestaba pero se reía a la vez. Está aquí, limpia y sana, medio escondida bajo la escalera, con su inmaculado blanco brillante. Bianca se meció aquí hasta sus ocho años. Enferma incluso, siguió haciéndolo. Yo la ayudaba y ella lo agradecía. Hace veintitrés años que no veía a esta mecedora querida, y ahora me parece que miro a esa niña de trenzas rubias abrazada a su muñeca Collette, con sus ropas llenas de puntillas, y yo meciéndola. Yo, un chico pobre y bastante sucio, al que no sé porqué razón se le permitía entrar a la casa si sólo era el ayudante de José. Bianca nunca me dejó sentarme en la mecedora, supongo que para que no la ensuciara con mi mugre.

Me acerco con sigilo para tocar ese objeto querido, pero me detengo al notarlo. Allí, colgado del respaldo, hay un lazo rosa, desteñido y algo arrugado. Bianca siempre llevaba lacitos rosas en sus trenzas, nunca le vi otros colores pese a que siempre los perdía.

Dudo, pero decido llevármelo, tomándolo entre los dedos y atesorándolo con ambas manos.

Nunca tuve recuerdos materiales de Bianca. Cuando ella murió, ya no volví a entrar a la casa. Sólo ayudé un par de veces más a José, hasta que él murió de repente. Después, parece que a los padres de Bianca les resultó más engorroso conseguir otro jardinero que mudarse, así que una noche la familia se fue y ya no supimos más de ellos, sólo que la señora falleció un par de años después, aparentemente de tristeza por la pérdida de su hija. La casa quedó en manos del resto de la familia, pero ya nadie de ocupó, excepto ahora que unos herederos desean venderla y sacarse el problema de encima.

De repente recuerdo que debo cumplir con mi trabajo. Guardo el lazo rosa en mi bolsillo y me dispongo a ir a la inmobiliaria, apurado por terminar con mi jornada laboral y por salir de esta casa. Enfilo hacia la sala, pero debo girarme rápidamente cuando, de reojo, me parece ver algo. Pero no, no es. Aunque estas cosas en tierras de los sueños pueden suceder. Las mecedoras pueden moverse solas, aunque no haya viento. La miro fijamente, pero está quieta.

****

La cara de mi jefe me asusta. Está junto al posible comprador, que ahora parece que decidirá que no comprará nada y además buscará una casa en otra ciudad. No sé qué esperaba mi jefe, no pude mentir tan descaradamente en el informe. Si la casa está hecha pedazos, lo está y no depende de mí.

—Jefferson, ¿nada puede hacerse por ella? —pregunta, de su pipa emanan las últimas esperanzas de hacer un buen negocio.

—No lo creo—respondo enfrentándome a su mirada que promete bajar mi ya por demás escaso salario—. Aunque...el terreno es grande y fértil, podría hasta construirse una casa mucho más amplia y moderna con un gran parque. O hacer alguna casa con departamentos, todos aseguran que ese tipo de construcciones será lo más rentable para este nuevo siglo.

Pese a que trato de sonar entusiasmado, jovial y convincente, el comprador no parece dejarse enredar por mis palabras.

—La compraré, pero sólo si usted vuelve allí. Quiero un informe mucho más detallado, si es posible con fotografías.

¿Fotografías? ¿Debo buscar un fotógrafo y seguramente pagarle de mi bolsillo para que tome imágenes de una casa abandonada?

—Yo le aseguro que...—intento defenderme.

—Vaya—dice mi jefe, sin dejar lugar para discusiones—.Y si no encuentra fotógrafo, escriba un nuevo informe pero con el hasta más mínimo detalle. No quiero que al señor le falte ningún dato.

Veo cómo mi jefe le sonríe al hombre, haciendo un gran esfuerzo para que se quede y compre. Mi día ya está perdido, debo volver a la casona y olvidarme de la tarde con Elisa.

****

Cuando el carruaje se detiene frente a la casa la veo aún más vieja y decrépita. Quizás sea por la luz cambiante del día, o porque en ese par de horas se destruyó aún más de lo que ya estaba. No pude conseguir un fotógrafo que no quisiera estafarme o que no se riera de la idea de fotografiar a la gran casona abandonada, así que estoy aquí con mi libreta y mi pluma listas para anotar nuevamente lo que ya anoté, sólo para no perder mi trabajo.

Bajo del carruaje estirando las mangas de la chaqueta, hace mucho frío ahora aunque el día me hizo sudar torrentes de agua. Entro a la casa arrastrando los pies, fastidioso con esta tarde gastada en vano. Qué manía la del tipo, mandarme aquí otra vez para hacer otro informe como condición para comprar. Es lo que tienen los ricos, siempre disponen del tiempo de los demás, nunca ven nada por sus propios medios, es más fácil mandar a otro a hacerlo. Resoplando saco de los bolsillos a la libreta y a la pluma, y comienzo a anotar todo lo que veo. El piso es un peligro, las paredes chorrean humedad, las puertas están salidas de sus goznes, los techos están llenos de agujeros.

Voy caminando lentamente, de cada parte u objeto anoto sus detalles, hasta los más pequeños. Desde luego esto me lleva muchísimo tiempo, y ver cómo va pasando la hora me quita el frío y el sudor regresa junto con la ansiedad por terminar pronto.

Cuando finalizo con la sala, me encuentro nuevamente frente a la escalera. La mecedora continúa allí, por supuesto. Instintivamente meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y toco el lazo rosa.

—Hola Bianca—digo estúpidamente, hablándole a la silla. No contento con mi estupidez, continúo charlando—. No nos vemos en más de veinte años, y ahora lo hacemos dos veces en el espacio de tres horas.

La mecedora se mueve apenas.

Es el viento, me digo. Son mis ojos cansados por la falta de sueño de hoy. ¿O era de anoche? Me restriego con los dorsos de las manos, el movimiento no me despierta y no me pone en mi habitación caliente de aire viciado, sino que continúo aquí, viendo que esta mecedora se mueve sola. Es el viento, repito, aunque sé perfectamente que hoy es el día más calmo de toda la semana.

Me acerco, la mecedora ya no se mueve. Suspiro aliviado.

Doy otro paso, acercándome más, extendiendo una mano para tocarla. Me detengo porque mi mano también se ha detenido, temblando por lo que estoy viendo. Mi pañuelo, el que estoy seguro que llevo en mi bolsillo y que está bordado por Elisa, cuelga de la mecedora, en el mismo lugar donde encontré el lazo rosa de Bianca.

Mi mano continúa temblando y toco mi cuello, donde las venas se aprietan y laten con fuerza. Estoy haciendo el esfuerzo de comprender qué está pasando, pero sólo escucho en mi cabeza el sonido de mi corazón en mis oídos y la insistencia del comprador para que volviera a esta casa e hiciera un informe exhaustivo. No sé quién es ese hombre, pero sí sé quién es la niña que veo ahora meciéndose, y quién es el niño que la empuja. El ruido de mi libreta y mi pluma cayendo en el suelo no me sobresalta porque ahora sólo escucho sus risas, sólo veo a esos dos niños, y sólo siento la fuerza de mis venas apretándose, dejándome sin respirar.

Caigo, pero no caigo en mi cama de habitación alquilada. Caigo en el suelo duro y sucio de una casa abandonada y oscura, y mis ojos quedan fijos en esa mecedora, donde una niña de lazos rosas y un niño sucio me miran y se ríen.


La Reina


  Sus manos enguantadas dejan la taza medio vacía junto a la cocina. Mira por la ventana, el viento ha calmado. Lentamente, camina hacia el perchero y se coloca el sombrero. Hoy no necesita ayudantes para verse elegante. Nunca los necesitó, pero la Corona insiste. Una mirada rápida al espejo le muestra lo que quiere ver.

  Se abre la puerta e Isabel II de Inglaterra, sale al terreno descuidado que le sirve de patio delantero y jardín, si se lo puede llamar así. Serpenteando entre latas y desperdicios, atraviesa el lugar de césped crecido, barro, y mugre de perro. Llega hasta la alambrada que separa su propiedad de la acera y abre la desvencijada puerta de madera, cuidando que sus guantes de cuero celeste pastel no se ensucien. Una vez en la calle acomoda su sombrero nuevamente y comienza a caminar con la respetabilidad aprendida durante años.

  Sonríe al ver a los pocos transeúntes de la mañana apartarse ante ella, sorprendidos y boquiabiertos, algunos quitándose sus gorras sucias o tomando de la mano a sus niños para que no se crucen delante de sus vacilantes piernas. Los ignora, no merecen su saludo, ni siquiera una mirada. Ellos no deben ofenderse, su Reina hace lo que quiere.

  Su camino la lleva por el medio de un grupo de muchachas que van rumbo al colegio, que inmediatamente sacan sus teléfonos para tomarle fotos. También las ignora. Le gusta sentirse así, poderosa y fina, admirada y respetada, impune y a la vez y pese a todo, amada. Mucho tiempo lleva esperando este reconocimiento.

  Luego de cruzar varias calles donde los coches frenan estrepitosamente al verla, llega al campo de entrenamiento militar. De lejos ve a los soldados que practican maniobras de combate. Se acerca a la puerta del predio, con impecabilidad se detiene allí, esperando ser notada. Un oficial que grita órdenes desaforadamente de pronto la ve y su rostro pasa del rojo rabioso al blanco nieve. Isabel sonríe, satisfecha por la impresión que provoca. El oficial se cuadra ante ella y los demás, extrañados por la actitud, lo miran y pronto descubren quién está allí. Lo imitan, nerviosos, y ella vuelve a sonreír, esta vez con una sonrisa pequeña para no demostrar demasiada emoción. Se acerca, apenas levanta su mano derecha en señal de saludo y con un asentimiento de cabeza les indica que se ubiquen en posición de descanso. El oficial comienza a explicarle qué es lo que hacen en este día, ella sólo asiente y sonríe apenas. Sin decir una palabra, se acerca a una fila de ametralladoras que relucen sobre sus trípodes. El oficial continúa explicando que son nuevas, una adquisición que costó varios millones y que están a disposición de los soldados, y por supuesto, de ella también. Ella lo mira, se nota que lo último que dijo el oficial fue dicho para quedar bien.

  Así que se acerca más a las armas. Se para detrás de una, la toca. Más nervioso todavía, el oficial tartamudea que, si bien son nuevas y de última tecnología, no deben ser manejadas por manos inexpertas. La Reina le clava su mirada de reina y el oficial baja la cabeza y pide disculpas. Luego, diligentemente le explica cómo usar la poderosa arma. Antes de que la explicación termine, Isabel descarga una ráfaga de balas. Se escuchan gritos y un soldado cae herido al otro lado del campo.

  Sacudiéndose las manos, pide que lo lleven al hospital, y que luego sea castigado por no poner atención. También lo invita a Buckingham para recibir una condecoración.

  Confundidos por su actitud y por el tumulto de ambulancias, ninguno de los militares ve cómo su soberana se retira tan silenciosamente como llegó.

  Cansada llega a casa, atraviesa nuevamente el terreno abandonado y sucio y cierra con postigos la puerta. Cuelga su sombrerito otra vez en el perchero. Luego se quita los guantes para poder rebuscar en su cabeza y desabrochar la peluca, dejando caer su cabello castaño y descuidado. El maquillaje se va después y por último el vestido celeste y los zapatos.

  Y, como si fuera un truco de magia, está otra vez la aburrida e insulsa chica de 20 años.

  Al volver a la cocina, nota que ya no hay leche. Es bastante engorroso volver a su traje, así que sale a la calle siendo ella. Esta vez, nadie se aparta, nadie se quita la gorra, ni le toman fotos, ni le prestan un arma. Esta vez sólo es una muchacha que va por leche. Lo común y básico de la vida, resumido en una sola persona.

  Ella podría ser cualquier persona, podría ser más joven, más bella, pero siempre tendrá algún oponente. Siendo la Reina, nadie puede faltarle el respeto, ni criticarla, ni mirarla con desdén. Cuenta con más de siete décadas de prestigio y su sola presencia puede despertar incomodidad o fanatismo, pero nunca indiferencia. Jamás logrará eso siendo la verdadera persona común que es. La receta para ser reconocida estaba ahí, al alcance de una peluca y unas cremas de maquillaje, tan fácil que nadie lo vio, sólo ella.

  A la mañana siguiente, opta por el color amarillo claro. Le da risa, parece un patito, pero a la Reina le gusta y nadie se atrevería a llamarla pato. Peina su cabello artificial y luego se pone su sombrero, un poco más grande esta vez, con una pequeña pluma blanca para decorarlo. Guantes blancos, tapado amarillo, y a la calle.

  Cuando entra en el supermercado, la cajera deja caer las monedas. Saluda levantando apenas su mano derecha y toma un carrito. De inmediato la gente se congrega a su alrededor. "¿Quiere que le ayude? ¿Puedo llevarle esto? ¿No está acompañada por nadie, su majestad?" A todos les responde negando con la cabeza, continuando con su compra.

  Al pasar por la caja, la empleada se niega a cobrarle y allí ella descubre más ventajas de ser la Reina. Toma las bolsas, agradeciendo, y sale acompañada de un coro de aplausos y flashes. Pero afuera, se ha reunido un grupo de manifestantes anticolonialistas, vestidos con trajes típicos indios. Les da la espalda y les tira un par de galletitas recién compradas, como si fueran perros hambrientos. Escucha los gritos de indignación, alguien se acerca gritando, pero una sola mirada lo disuade de continuar con su protesta.

  Dobla una esquina y los pierde de vista. Camina con sus bolsas de comestibles, manteniendo la dignidad en su figura recta. A lo lejos, un grupo de niños patean una pelota. La pelota cae a sus pies y un niño corre hacia ella y se inclina para tomar su pelota, sin ver a quién tiene delante. La Reina apoya su pie sobre la pelota y luego la patea bien lejos. La pelota cae con estrépito sobre el techo de una casa. El niño se queda mirando cómo aquella anciana que cree haber visto en alguna parte antes, se va caminando con una sonrisita cruel, sin entender porqué no puede reclamarle nada.

  Pronto llega el momento más esperado, la noche. Sale a la calle con el conjunto rosa que tanto le gusta: tapado, sombrerito lleno de plumas y bolso, todos en el mismo tono, convirtiéndola en una Barbie anciana.

  Baila delante del primer auto que ve e incendia, rompe vidrios de comercios con piedras que encuentra en la acera. Cuando la policía llega, se burla de ellos imitando el sonido de sus sirenas. Imita a la guardia real, caminando con un paso marcial torpe delante del auto en llamas.

  Le dan la voz de alto con un megáfono, y ella ríe porque siempre hacen eso en las películas, y porque nadie puede detener a la Reina. La Reina es inmune, la Reina puede hacer lo que quiere ahora, lo que siempre quiso y nunca se lo permitieron. Los policías se miran, desconcertados y sin saber qué hacer. La Reina corre riéndose, sintiendo por fin la rebeldía reprimida detrás de años de perfectos modales. Es la Reina, nadie puede pararla.

  Poco le importa si a la mañana siguiente está rodeada de policías que hacen preguntas tontas. Tampoco importa que su sombrerito rosa cayó en la calle y esté sucio de barro, o que en su carrera rebelde su peluca también haya caído. Nada se compara a que ya todos sepan la verdad: su nombre y su foto está en todos los diarios y medios. 

Es la mujer más famosa del país, más famosa que la propia Reina. Ya no es una muchacha común de veinte años.



martes, 9 de agosto de 2022

Benjamín

  -¡Oh mi pequeño Benjamín, mira qué bien luces! -exclama la madre cuando ve al niño salir de su habitación. Acomoda su nueva gorra azul y e...