Quién soy

Bienvenidos queridos lectores. Si están aquí y se quedan, es porque están interesados en leer mis letras. ¡Gracias por eso! Mi nombre es María Luján Gallo y mi pasión es escribir y leer mucho. Este blog funciona como un anexo de mi sitio en wordpress, que pueden visitar para leer reseñas y opiniones sobre libros y otros artículos escritos por mí. Aquí voy subiendo mis producciones de ficción.

martes, 27 de septiembre de 2022

El ángel

 La tarde se descolgaba en agua cuando Di Catarina abrió su pulpería.

La cosa iba mala, y con ese clima, mucho peor. No había esperanzas de que con una noche así cayera algún cliente, salvo algún forastero perdido que buscara un refugio tibio para él y su caballo.

El río corría a un lado, salvaje como el malón, y si la lluvia no cesaba no tendría remilgos en salirse e invadirlo todo, robándose lo poco que quedaba del pequeño y humilde comercio.

Resignado, el hombre se volvió hacia las botellas, amigas confiables que atraían gente, y las contó. No quedaban tantas y eso era mala señal. Mandó a su mujer a que preparara comida, si no tenían mucho alcohol para ofrecer, al menos un buen plato de guiso haría las delicias de los clientes que aparecieran.

Escuchó el sonido del galope de un caballo en medio del estrépito de los truenos. Un paisano desconocido entró al negocio, chorreando lluvia sobre los ladrillos.

–Buenas tardes, amigo, ¿qué lo trae por acá? –saludó el pulpero, ya aprontando un vaso.

El hombre se quitó el sombrero y apoyó los codos en el mostrador.

–Una grapa. –pidió.

Di Catarina llenó el vaso y lo puso frente a la mano del hombre. Afuera la lluvia y el viento azotaban el campo, pero el silencio adentro era mucho más fuerte porque la humilde pulpería estaba casi vacía, sin los gritos o las guitarras que poblaban sus noches.

–¿Viene de lejos? –preguntó, tratando de sacar conversación.

–De muy lejos. –el paisano vació su vaso con rapidez e hizo una seña con los dedos para que le sirviera más.

–Aquí viene gente de todos lados. –intentó nuevamente el pulpero, llenando el vaso.

Pero el hombre sólo asintió, sin decir una palabra más, esta vez tomando lentamente su grapa.

Di Catarina se limitó a limpiar las botellas de los estantes, mirando de vez en cuando al hombre que, con los ojos fijos en la pared de enfrente, tomaba su bebida con pequeños sorbos. Era un desconocido morocho y alto, de barba negra tupida bajo una nariz grande y chistosa. El cabello largo seguía goteando sobre el poncho marrón y raído que todavía llevaba encima.

No se diferenciaba mucho de cualquier hombre de la Villa de Mercedes o de cualquier otra parte.

–¿Tiene algún lugar para quedarme? –preguntó el paisano de repente, asustando a Di Catarina y sacándolo de su observación.

–Sí, sí, hay dos piecitas. Mi mujer está haciendo un poco de comida, y también tenemos lugar para su caballo.

–¿Dónde?

–Venga, lo acompaño.

El hombre dejó el vaso sobre el mostrador, y juntos salieron. El viento casi vuela la gorra tejida que el pulpero llevaba, y agarrándola con ambas manos sobre su cabeza, le mostró al forastero una angosta vereda. El hombre desató a su caballo y caminó por allí hasta un pequeño establo situado en la parte trasera de la casa de Di Catarina.

–Déjelo ahí, va a estar calentito y mire, acá hay para darle. –Di Catarina levantó con las manos un poco de pasto seco que estaba junto a la puerta. El hombre no dijo nada, entró y comenzó a sacarle los aperos al caballo, dejándolos sobre el pasto. Cuando terminó, se despidió del animal dándole una palmada en el lomo.

El pulpero lo llevó hasta la puerta del negocio y entraron rápidamente, sacudiéndose la lluvia y el frío. Adentro ya había un farol prendido y un par de velas haciéndole frente al viento que se colaba por las rendijas.

–¡Ramona! ¿Ya está listo ese guiso? Acá hay un hombre que quiere comer.

–No hay prisa. –dijo el forastero levantando una mano y sentándose frente a una de las desvencijadas mesitas.

Ramona apareció con un plato en una mano y un pedazo de pan en la otra. El guiso no era tan contundente como en otros tiempos, el mal clima había arruinado la quinta de verduras y la carne casi no se conseguía. Aún así, el hombre comenzó a comerlo con voracidad hasta limpiar el plato. Ramona le sirvió otro poco.

–El señor quiere una de las piecitas, andá a acomodarlas.

Ramona se fue para el fondo y Di Catarina, mirando por una ventana al camino negro y pantanoso, guardó la botella de grapa resignándose a que este hombre fuera el único cliente de la noche.

–Disculpe. –oyó la voz del hombre detrás de él. Se giró, ya no estaba sentado frente a la mesita, sino que se apoyaba sobre el mostrador, y no lo miraba a los ojos–No traigo dinero para pagar. Pero puedo dejarle esto.

Apoyó sobre la madera agrietada y sucia un cuchillo brillante, con vaina y empuñadura de plata y pequeños puntos de oro.

–Es todo lo que tengo de valor. Gasté toda la plata en algunos imprevistos que tuve en el camino.

Di Catarina era un hombre honesto, y necesitaba dinero. Las cosas no iban nada bien, más con la lluvia que seguía y seguía y el río desbordándose, amenazando con llevarse todo, como tantas otras veces.

Pero no podía aprovecharse así. Con un cuchillo como ese, el hombre podía pagar un hotel en Buenos Aires, con comidas y cosas hermosas. El lugar que él le ofrecía no tenía ninguno de esos lujos.

–Mire, esto es demasiado cuchillo para tan poca pieza. La verdad es que solo tiene un catre con unos cueritos y unas mantas. Y usted vio cómo estaba ese guiso...

–Aun así se lo dejo.

–No, mire, déjelo en prenda. Lo tengo acá, y cuando usted junte la plata, viene y me paga, y yo le doy su cuchillo. Le prometo que va a seguir acá, yo no lo voy a vender.

El hombre asintió y estrechó la mano del pulpero. Di Catarina le mostró el pasillo hacia las piecitas, que Ramona había acomodado y barrido un poco. El hombre entró en la primera que encontró, saludó, y cerró la puerta.

A la mañana siguiente, el sol brillaba pero el Río Luján estaba desbordado, el agua y el barro corrían descaradamente por todas partes, arrastrando todo con fuerza.

Sólo la pulpería estaba a salvo. Como si fuera una pequeña isla, rodeada de agua, pero extrañamente a resguardo de ella, con sus pisos y muebles secos, con sus estantes repletos de botellas nuevas, con sus ollas llenas de guiso sabroso.

El pulpero, alarmado pero completamente feliz por lo que veía, despertó a su mujer para que viera la maravilla, y luego buscó al forastero.

Golpeó una y otra vez la puerta de la pieza, y al no recibir respuesta, abrió. No había nadie. Ramona revisó todo, pero no había rastros de ropa u otras cosas, ni siquiera parecía que alguien había dormido en el catre.

En el establo, el caballo comía apaciblemente.

Di Catarina caminó hacia el mostrador, el cuchillo todavía relucía sobre él. 


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