Esta noche doy muchas vueltas en la cama. El extraño calor que llena la ciudad en estos días de invierno, desde hace ya casi una semana, me tiene agotado. De nada ha servido el láudano que le robé a Mrs. Jenkins. Esa mujer lo toma en poca cantidad y siempre le da resultado, tanto que puedo regresar a mi habitación alquilada a cualquier hora de la noche sin recibir sus quejas. Si bien imité a la anciana en la dosis que se prepara, no he logrado dormir nada. Y ahora, que ya está muy entrada la madrugada y siento el sopor de la somnolencia apoderándose demasiado tarde de mí, me siento frustrado porque al parecer lograré dormir pero muy poco y muy mal.
Sigo sacudiéndome el calor, molesto por las sábanas y la falta de aire pese a tener la ventana abierta de par en par. Unas imágenes proyectadas por mi cansada mente y quizás por el láudano aparecen frente a mis ojos, en forma de sueño.
—¿Hay alguien aquí?—pregunto, con la rara amabilidad de quien visita un lugar abandonado y tiene la certeza de que sólo algún murciélago o rata se cruzará delante de él.
Nadie responde, naturalmente, y suspiro aliviado. Mi mayor temor era encontrarme con algún mendigo, que en estos días de invierno suelen ocupar sitios como este. He sabido de algunos particularmente crueles, que encuentran diversión en torturar a quien se atreva a acercarse a sus espacios tomados.
Más de veinte años pasaron desde que pisé por última vez el bonito porche de la casa de Bianca. Veintitrés, para ser exactos. Lo recordaba más grande y amplio, pero a todo el mundo le sucede que, al regresar a un lugar que en la infancia se creía grande y espléndido, con los ojos de adulto se lo encuentra pequeño y ordinario. La casa de Bianca siempre me pareció una casona enorme, con su porche de maderas blancas con hamaca y su parque lleno de flores y frutales con la presencia impertérrita de José, el jardinero. La sala alfombrada era presidida por una araña de caireles que hasta me asustaba por su peso balanceándose sobre mi cabeza, y el resto de la casa de tres plantas estaba decorado con exquisito gusto, convirtiéndola en el hogar más elegante del vecindario.
Ahora poco queda en esta oscura ruina. Los ventanales otrora brillantes están tapiados, a los pisos que con tanta paciencia enceraban María y Filomena les faltan unas cuantas maderas, y de la araña de caireles no hay ni rastro.
El aire viciado de polvo y humedad me hace estornudar, y seco mi nariz con el pañuelo que Elisa bordó para mí. Siento el peso de la libreta en el mismo bolsillo y la saco, aunque poco puedo anotar. No me muevo de la sala, no necesito hacerlo para saber que la casa está destruida completamente. Saco la pluma y me acomodo bajo un haz de luz que atraviesa los dos pisos superiores y llega hasta mí gracias a varios agujeros del techo. Comienzo a escribir: en "estado general" debo ser sincero y decir que esta casa es inhabitable. En "pintura", "mampostería", "jardines", "aberturas", no me queda más remedio que poner algo parecido.
La casa deberá ser demolida, no hay nada que se pueda hacer con ella. Imagino la cara de mi jefe y la del hombre que está interesado en comprarla al ver mi informe, ya que desde el exterior es evidente que la mansión está abandonada, pero aún conserva algo de su vieja prestancia que les hace imaginar a muchos que por dentro está igual y que sólo requerirá refacciones.
Una vez completado el informe, guardo los elementos en mis bolsillos y me dispongo a salir. Afuera está el carruaje esperándome, debo ir a la inmobiliaria, entregar esta libreta, y mi día de trabajo estará terminado y libre para ver a Elisa.
Me dispongo a empujar la pesada puerta de entrada, cuando algo me detiene. De niño adoraba esta casa por completo, pero su escalera amplia y alfombrada desde la que bajaba montado en la baranda era mi gran pasión. Bianca reía sin parar pese a que, para las sirvientas, yo era un salvaje que maleducaba a la niña.
Camino hacia dentro, no necesito guía porque sé muy bien dónde está cada dependencia y adónde lleva cada pasillo: a la izquierda, la biblioteca, a la derecha, el despacho, más adelante, el comedor, y atrás, la cocina. En el medio, entre la sala y el comedor, está la escalera. Me detengo para contemplarla. Faltan escalones, faltan barrotes en la baranda, cuelgan telarañas, la alfombra roja hoy sólo es un conjunto de jirones deshilachados y sucios.
El tiempo me ha convertido en un tipo algo duro y envejecido como a esta escalera. Estudié, mucho, pero mi humilde condición nunca permitió que llegara más lejos que a un puesto de empleado en una inmobiliaria de baja categoría. A Elisa no le importa, pero a su padre sí. Esa injusticia me indigna y me rebela, me convertido en un ser insensible y hasta frío con algunas cuestiones, pero ver esta escalera, este pedazo de niñez, no hace más que llenarme los ojos de lágrimas y la garganta de nudos.
Otra vez siento esa sensación de que es mucho más pequeña de lo que recordaba, de que se ha encogido con el tiempo. A mis nueve años, esta escalera era para mí como una montaña que yo bajaba con valentía.
Doy media vuelta, dispuesto a irme y dejar este lugar que despierta en mí cosas que creía dormidas para siempre, pero veo otro recuerdo de mi vida de niño. La pequeña mecedora de Bianca, "la mecedora blanca de Bianca" me contentaba con repetir, y ella se molestaba pero se reía a la vez. Está aquí, limpia y sana, medio escondida bajo la escalera, con su inmaculado blanco brillante. Bianca se meció aquí hasta sus ocho años. Enferma incluso, siguió haciéndolo. Yo la ayudaba y ella lo agradecía. Hace veintitrés años que no veía a esta mecedora querida, y ahora me parece que miro a esa niña de trenzas rubias abrazada a su muñeca Collette, con sus ropas llenas de puntillas, y yo meciéndola. Yo, un chico pobre y bastante sucio, al que no sé porqué razón se le permitía entrar a la casa si sólo era el ayudante de José. Bianca nunca me dejó sentarme en la mecedora, supongo que para que no la ensuciara con mi mugre.
Me acerco con sigilo para tocar ese objeto querido, pero me detengo al notarlo. Allí, colgado del respaldo, hay un lazo rosa, desteñido y algo arrugado. Bianca siempre llevaba lacitos rosas en sus trenzas, nunca le vi otros colores pese a que siempre los perdía.
Dudo, pero decido llevármelo, tomándolo entre los dedos y atesorándolo con ambas manos.
Nunca tuve recuerdos materiales de Bianca. Cuando ella murió, ya no volví a entrar a la casa. Sólo ayudé un par de veces más a José, hasta que él murió de repente. Después, parece que a los padres de Bianca les resultó más engorroso conseguir otro jardinero que mudarse, así que una noche la familia se fue y ya no supimos más de ellos, sólo que la señora falleció un par de años después, aparentemente de tristeza por la pérdida de su hija. La casa quedó en manos del resto de la familia, pero ya nadie de ocupó, excepto ahora que unos herederos desean venderla y sacarse el problema de encima.
De repente recuerdo que debo cumplir con mi trabajo. Guardo el lazo rosa en mi bolsillo y me dispongo a ir a la inmobiliaria, apurado por terminar con mi jornada laboral y por salir de esta casa. Enfilo hacia la sala, pero debo girarme rápidamente cuando, de reojo, me parece ver algo. Pero no, no es. Aunque estas cosas en tierras de los sueños pueden suceder. Las mecedoras pueden moverse solas, aunque no haya viento. La miro fijamente, pero está quieta.
****
La cara de mi jefe me asusta. Está junto al posible comprador, que ahora parece que decidirá que no comprará nada y además buscará una casa en otra ciudad. No sé qué esperaba mi jefe, no pude mentir tan descaradamente en el informe. Si la casa está hecha pedazos, lo está y no depende de mí.
—Jefferson, ¿nada puede hacerse por ella? —pregunta, de su pipa emanan las últimas esperanzas de hacer un buen negocio.
—No lo creo—respondo enfrentándome a su mirada que promete bajar mi ya por demás escaso salario—. Aunque...el terreno es grande y fértil, podría hasta construirse una casa mucho más amplia y moderna con un gran parque. O hacer alguna casa con departamentos, todos aseguran que ese tipo de construcciones será lo más rentable para este nuevo siglo.
Pese a que trato de sonar entusiasmado, jovial y convincente, el comprador no parece dejarse enredar por mis palabras.
—La compraré, pero sólo si usted vuelve allí. Quiero un informe mucho más detallado, si es posible con fotografías.
¿Fotografías? ¿Debo buscar un fotógrafo y seguramente pagarle de mi bolsillo para que tome imágenes de una casa abandonada?
—Yo le aseguro que...—intento defenderme.
—Vaya—dice mi jefe, sin dejar lugar para discusiones—.Y si no encuentra fotógrafo, escriba un nuevo informe pero con el hasta más mínimo detalle. No quiero que al señor le falte ningún dato.
Veo cómo mi jefe le sonríe al hombre, haciendo un gran esfuerzo para que se quede y compre. Mi día ya está perdido, debo volver a la casona y olvidarme de la tarde con Elisa.
****
Cuando el carruaje se detiene frente a la casa la veo aún más vieja y decrépita. Quizás sea por la luz cambiante del día, o porque en ese par de horas se destruyó aún más de lo que ya estaba. No pude conseguir un fotógrafo que no quisiera estafarme o que no se riera de la idea de fotografiar a la gran casona abandonada, así que estoy aquí con mi libreta y mi pluma listas para anotar nuevamente lo que ya anoté, sólo para no perder mi trabajo.
Bajo del carruaje estirando las mangas de la chaqueta, hace mucho frío ahora aunque el día me hizo sudar torrentes de agua. Entro a la casa arrastrando los pies, fastidioso con esta tarde gastada en vano. Qué manía la del tipo, mandarme aquí otra vez para hacer otro informe como condición para comprar. Es lo que tienen los ricos, siempre disponen del tiempo de los demás, nunca ven nada por sus propios medios, es más fácil mandar a otro a hacerlo. Resoplando saco de los bolsillos a la libreta y a la pluma, y comienzo a anotar todo lo que veo. El piso es un peligro, las paredes chorrean humedad, las puertas están salidas de sus goznes, los techos están llenos de agujeros.
Voy caminando lentamente, de cada parte u objeto anoto sus detalles, hasta los más pequeños. Desde luego esto me lleva muchísimo tiempo, y ver cómo va pasando la hora me quita el frío y el sudor regresa junto con la ansiedad por terminar pronto.
Cuando finalizo con la sala, me encuentro nuevamente frente a la escalera. La mecedora continúa allí, por supuesto. Instintivamente meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y toco el lazo rosa.
—Hola Bianca—digo estúpidamente, hablándole a la silla. No contento con mi estupidez, continúo charlando—. No nos vemos en más de veinte años, y ahora lo hacemos dos veces en el espacio de tres horas.
La mecedora se mueve apenas.
Es el viento, me digo. Son mis ojos cansados por la falta de sueño de hoy. ¿O era de anoche? Me restriego con los dorsos de las manos, el movimiento no me despierta y no me pone en mi habitación caliente de aire viciado, sino que continúo aquí, viendo que esta mecedora se mueve sola. Es el viento, repito, aunque sé perfectamente que hoy es el día más calmo de toda la semana.
Me acerco, la mecedora ya no se mueve. Suspiro aliviado.
Doy otro paso, acercándome más, extendiendo una mano para tocarla. Me detengo porque mi mano también se ha detenido, temblando por lo que estoy viendo. Mi pañuelo, el que estoy seguro que llevo en mi bolsillo y que está bordado por Elisa, cuelga de la mecedora, en el mismo lugar donde encontré el lazo rosa de Bianca.
Mi mano continúa temblando y toco mi cuello, donde las venas se aprietan y laten con fuerza. Estoy haciendo el esfuerzo de comprender qué está pasando, pero sólo escucho en mi cabeza el sonido de mi corazón en mis oídos y la insistencia del comprador para que volviera a esta casa e hiciera un informe exhaustivo. No sé quién es ese hombre, pero sí sé quién es la niña que veo ahora meciéndose, y quién es el niño que la empuja. El ruido de mi libreta y mi pluma cayendo en el suelo no me sobresalta porque ahora sólo escucho sus risas, sólo veo a esos dos niños, y sólo siento la fuerza de mis venas apretándose, dejándome sin respirar.
Caigo, pero no caigo en mi cama de habitación alquilada. Caigo en el suelo duro y sucio de una casa abandonada y oscura, y mis ojos quedan fijos en esa mecedora, donde una niña de lazos rosas y un niño sucio me miran y se ríen.

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